VENEZIA
Hoy parte de mí se va a Venezia, (me gusta escribirlo así) y espero que la sienta al menos como yo la sentí en su momento y sobre todo que la disfrute...
VENEZIA
Un sueño. Tengo que pellizcarme para darme cuenta de donde estoy. Tanta belleza me hace sentirlo irreal.
Todas esas imágenes que se guardan más allá de la retina, esos cuadros tan admirados de Canaletto y de Turner, a pesar de su belleza no hacen honor a lo que ahora estoy viendo.
Recorrer en vaporetto el Gran Canal admirando la elegancia de los edificios, la presencia imponente de los palacios como Ca´ d´Oro o el Palacio Grassi e iglesias como la de los Scalzi o Santa María de la Salud; pasar por debajo de los impresionantes puentes, como el comercial Rialto, o el de la Academia; para salir al canal de la Giudecca y desde lejos intuir la aguja que toca el cielo...el Campanile, y a continuación, casi sin darte tiempo a asimilar lo que ven nuestros ojos, está allí, majestuosa, bella, histórica, impresionante...la Plaza de San Marcos.
No sé dónde mirar; el Palacio del Dux, recio, perfecto y detrás el singular Puente de los Suspiros, donde si el bullicio de la multitud que lo visita lo permite, parece que el ruido de las aguas que pasan por debajo, murmullan los suspiros de los condenados que veían perdida su libertad camino del calabozo. Las góndolas, guardianas de tanta belleza, esperándonos como símbolos de la ciudad. Símbolos tantos.
La Basílica de San Marcos, atrevida, insultante, duele tanto arte.
Siento un nudo en la garganta, me emociono, quiero llorar..., son muchas las sensaciones y siento que la respiración se corta.
Atardecer en San Marcos y los últimos rayos del sol atacan como espadas los mosaicos dorados de la fachada de la Basílica, y éstos rechazan la embestida con unos destellos que duelen al mirarlos.
Música, se oye música, que sale una detrás de otra de las múltiples orquestas situadas en cada terraza de café. Café, el Florian, representativo, imprescindible, con sabor y olor de tiempos pasados y tan presente bajo los soportales.
Y desde allí caminar callejeando por las estrechas calles, rodeadas de los húmedos canales hasta Rialto; el puente sobre el Gran Canal, ahora visto desde arriba. Y sus comercios, que salen uno tras otro, ofreciéndonos sus pertenencias, para que dejen de ser suyas y pasen a ser nuestras. Cristales coloridos en forma de miles de objetos, anillos, jarrones, copas...Murano, transparente, brillante, delicado y bello, sobre todo bello. Máscaras, grandes, pequeñas, risueñas, enigmáticas, misteriosas, artesanales y bellas, sobre todo bellas.
Así es Venecia, imponente y elegante como sus edificios; impresionante y majestuosa como sus palacios; histórica y romántica como sus puentes; insultante de belleza como su basílica y sus iglesias; atrevida y emocionante como la plaza de San Marcos; con aroma y gustos del pasado en el presente, como sus cafés. Transparente, colorida, brillante como su cristal; enigmática, risueña, misteriosa como sus máscaras y bella sobre todo, insultantemente bella.
* Imagen "El Gran Canal" de W. Turner.














Lidia Cervantes dijo
¡¡Que bello!! ¡Qué fuerza! La he vuelto a recorrer de tu mano, con tus recuerdos, tan parecidos a los míos.
De seguro atí, también te cautivo la puesta de sol, en la desembocadura de El Gran Canal, cuando parece que llas ventanas de los palacios de las isletas de enfrente se han incendiado por los reflejos rojizos del sol... No se me olvida.
Una maravilla de ciudad, como de cuento, y una maravilla tu relato.
Seguro que ella, tu hija, volvera con su propia historia que contar y, ya veras, que no se diferenciará tanto de la nuestra.
Un beso guapa
29 Marzo 2009 | 01:47 AM